Sevilla, tan abandonada como dormida. ¿Hasta cuándo?

Efectivamente, ya pasó el 28 de diciembre. Ni Fomento proyecta una M-90 (por ahora, nunca se sabe), ni se va a dar inicio a las obras de los túneles de la SE-40, que sigue costando dinero anualmente en materia de pago a aseguradoras, vigilancia e indemnizaciones a constructoras.  Tampoco Cultura planea abrir una sede del Museo del Prado en Sevilla, ni siquiera veremos renacer ninguno de nuestros grandes museos, que languidecen anestesiados con el único consuelo de alguna foto o puesta en escena a rebufo del incipiente Año Murillo.

La SE-40, una de las obras parcialmente paradas en Sevilla

La SE-40, una de las obras parcialmente paradas en Sevilla

A decir verdad, los Presupuestos Generales tanto del Gobierno Central como de la Junta de Andalucía están por publicar, pero a la vista de la actitud y, también, la aptitud de las diversas administraciones, poca sorpresa cabe.

Sevilla lleva años condenada a la indiferencia en los pasillos del Parlamento de Andalucía, por no hablar de Congreso de los Diputados, a pesar de los ‘sevillanos’ que cohabitan en ambas cámaras y ante la tibia mirada de nuestro Ayuntamiento. Así van pasando décadas desde que Sevilla se maquilló durante 6 meses para recibir al mundo en aquella Exposición Universal para posteriormente pasar prácticamente a dar las gracias al mundo durante 24 años, con un complejo casi de culpa por aquellas inversiones del 92. Y todo ello a pesar de los ingentes beneficios económicos que desde entonces cosechó la extinta sociedad estatal AGESA, y que van por tanto a la caja del Estado, no a la de ciudad. Nada importa, siempre estará la EXPO’92, y últimamente también la línea de Metro -faltan otras 3-, para servir de buena excusa y encogerse de hombros ante la ridícula inversión en nuestra ciudad.

Cuesta horrores encontrar a algún responsable político defender sin fisuras cualquier proyecto para Sevilla. No digamos ya pasar de las palabras a los hechos. Metro, Cercanías, rondas de circunvalación, museos, dragado, acceso ferroviario al puerto, Ciudad de la Justicia, Hospital Militar. Todo parado. El único movimiento que a veces se da llega en forma de algunos pocos euros que apenas da para que algún ministro o consejero venga a hacerse una foto mientras promete millonarias inversiones en próximos ejercicios. Ejercicios que nunca llegan. No hay dinero, dicen. No hay dinero si es para Sevilla, deberían decir, pues los hechos demuestran lo contrario lejos de la SE-30.

En el ámbito municipal la escena no mejora demasiado. A pesar de que en el Ayuntamiento no hay que lidiar con otros territorios que compiten por inversiones -o sí-, la maquinaria es lenta. Sevilla es como un bucle donde lo mismo que se hace se deshace, lo ya debatido se vuelve a debatir, lo que nunca se ha hecho ¡cómo vamos a hacerlo! Apenas salimos de ese guión más que para aprobar mesas, planes, abrir líneas de colaboración y hacer debates sobre el sexo de los ángeles, cuyos resultados y conclusiones, si llegan, se antojan a años vista, cuando la carrera electoral habrá dado el pistoletazo de salida. Entonces sólo quedará por decidir en qué cajón se guardan todos esos dossieres y planes estratégicos.

Todos esos planteamientos están muy bien, una ciudad debe moverse con pasos sólidos y seguros, pero sin llegar a hundirse en el lodo: hay que ir más allá. Sevilla, una ciudad donde las bochornosas cifras de paro no dan tregua y que no deja de perder población, necesita ser ágil. Los problemas capitales que arrastramos desde hace años no pueden verse emplazados ni al último año de legislatura ni, por supuesto, a la siguiente. Gobernar es una tarea ardua y complicada, más aún en el actual contexto de crisis, y es imposible pasar de la nada al todo, pero es inadmisible que tampoco se den pequeños pasos intermedios.

¿Y los sevillanos, dicen o hacen algo? Francamente, poca cosa. Para consuelo de nuestros responsables políticos, los sevillanos permanecemos dormidos, eternamente expectantes e inamovibles, embebidos en el calendario particular de la ciudad, dando vueltas a lo de siempre, que por cierto se nos da especialmente bien. Lo interesante es que la ciudad tiene potencial para muchos objetivos que se proponga. Sin embargo, ni ciertos empujones llegan desde la administración ni a los ciudadanos parece importar demasiado, como ocurre en otras ciudades. Y eso se suma a que, aunque quizá no se quiera ver, muchos sevillanos hacen las maletas para buscar suerte en otros rincones del mundo.

¿Y si nos despertamos de esa eterna siesta y, para disgusto de quien nos mece la cuna, perdemos el miedo a hacer algo distinto? ¿Y si cambiamos victimismo y conformismo por orgullo y ambición? ¿Y si, como criticamos a nuestros responsables políticos, pasamos de una vez de las palabras a los hechos? ¿Será que esta ciudad necesita aires renovados? ¿Mayor influencia del exterior en lugar de mirarse el ombligo? ¿Será esto posible en una ciudad que va camino de una sangría poblacional, donde el talento que año a año se genera aquí acaba escapando lejos de aquí? ¿Será demasiado tarde para cuando queramos darnos cuenta?